Democracia Digital, Caída y Crisis del Pensamiento Critico
- Miguel Angel Morffe
- 11 nov 2020
- 19 Min. de lectura
Actualizado: 3 dic 2020
A medida que pasa el tiempo, más conscientes somos de la compleja relación que tiene Internet y la Democracia en la era moderna. Y aunque esto pudiera parecer algo obvio, lo cierto es que nos ha costado percibirlo así. Habría que retrotraerse a aquel intempestivo 6 de junio de 2013, cuando en un diario británico: ''The Guardian se hizo eco en el mundo con las revelaciones de Edward Snowden, un ex técnico de la CIA que trabajó como consultor para la Agencia Nacional de Seguridad de los Estados Unidos, desencadenando una convulsión global''. Fue ese momento cuando terminamos de perder la inocencia: el pedir resguardo al Leviatán que controlaba nuestras vidas digitales, dijo Ulrich Beck, era como ''poner al lobo a proteger a las ovejas''. Ese monstruo al que pedíamos protección de los derechos individuales había extendido todo su poder de control con una profundidad y amplitud difícil de captar hasta ese entonces. Vamos entre viendo ahora de qué manera la privacidad va muriendo o, al menos, la conciencia sobre el valor de la misma que antes se tenia. Crecientemente colonizados, hemos convertido nuestras vidas en una mercancía para el consumo público y la manipulación de otros.
Luego se produjo el famoso escándalo de Facebook, Un gigante tecnológico creado por Mark Zuckerberg que permitió el acceso no autorizado de mas de ochenta y siete millones de cuentas de dicha red social por parte de la compañía Cambridge Analytica. También permanecerá siempre en la memoria popular el día que uno de los millennial más poderoso del planeta compareció ante el Congreso de los Estados Unidos con cara de total desconcierto ante las preguntas afiladas y malintencionadas del Senador Durbin: ''¿Le importaría compartir el nombre del hotel en el que se hospedó usted ayer en la anoche? '', exclamó el viejo senador. ''Probablemente elegiría no hacer eso en público'', contestó Zuckerberg casi al borde de una crisis. La réplica de Durbin no se hizo de esperar: ''Creo que de eso trata todo esto. Su derecho a la privacidad, los límites de su derecho a la privacidad y cuánto regala ''Facebook'' de esa información bajo, Una falsa premisa de “conectando a las personas con el mundo''.
Se supo, además, de que Cambridge Analytica había trabajado para la campaña electoral del famoso empresario Donald Trump y del Brexit. La tormenta internacional se intensificó cuando el redimido Christopher Wylie, un ex trabajador de la empresa, afirmó sin ningún rodeo que el Brexit no se habría producido sin la intervención de esa consultora: ''Es importante porque el referéndum se ganó por menos del 2% de los votos y se gastó mucho dinero en publicidad a la medida, de los datos personales que eran recolectados. Esa cantidad de dinero te compraría miles de millones de impresiones. Si te diriges a un grupo pequeño, podría ser definitivo''.
¿Hasta es momento alguien sigue teniendo aún dudas sobre la vinculación que tienen estos fenómenos en la democracia y los riesgos que representan para la misma? A su vez, esta conexión nos devuelve al mas viejo y tema central de la teoría política: el poder. Si es cierto que no hay ningún espacio purificado del poder, las plataformas y redes digitales lo están aún menos. Después del escándalo que se tuvo con Facebook, la revista The Economist se apresuró a afirmar que lo que estaba en juego era algo mucho más profundo que la confianza de los usuarios de la plataforma social del imperio de Zuckerberg. En sus páginas se cuestionaba también el modelo empresarial que estaba basado en la concentración del poder que ostentaba ese joven, el genio de Harvard, y lo poco proclive que el era de recibir críticas en sus patrones de negocio. Si es verdad, como viene demostrándose, que quien controla la información controla el mundo; como se afirma, que ''los datos'' son en la era de la información el petróleo del siglo XXI; si en la Era del Big Data todo está cuantificado de forma que, como dice Wendy Brown, ''jamás el orden global estuvo tan saciado de poder humano'', entonces la aseveración que nos plantea Mark Zuckerberg que ya es ineludible ¿Pero quién controla a los controladores?...
Con el escándalo de Facebook, la versión 2.0 de la distopía 1984, del escritor George Orwell, y su policía del pensamiento parece cada vez mas factible en el mundo real. Hay que volver a recordar que este libro se pensó sobre todo como un alegato a favor de las libertades y de la autonomía individual y no como una serie de eventos reales que fueran a pasar hasta que. El excéntrico Christopher Wylie nos reveló hasta qué punto es posible un ''perfilado psicológico utilizando datos sociales'' para ''perfilar a la gente y explotar esa información para un uso político o mas alla''. No se contradice esto con lo que establece la constitución misma de la democracia?.
Como en la afamada película Matrix, nos encontramos en un momento en el que un algoritmo es capaz de crear una realidad a la medida para cada persona porque su perfil psicológico está mostrándote que puede ser susceptible de entrar en teorías conspiratorias y dejarse arrastrar por un vendaval de noticias completamente falsas. Y ahí es donde llegamos a la pregunta que recientemente se hacía Byung-Chul Han: ¿El algoritmo hará ahora al hombre?. Sin embargo también nos obliga a plantearnos otras cosas, por ejemplo, cómo influirá esto a los sistemas democráticos: ¿qué cambios estructurales en nuestra forma de organización política y social están produciéndose sin que lo sepamos? ¿Cómo están afectando tales cambios a la formación de la opinión pública o a la vieja distinción entre la esfera pública y la esfera privada? Y más aún: ¿Qué tanto tiene que ver con la llamada Era de la Pos verdad? ¿Acaso la relación entre verdad, mentira y política no es tan antigua como la política misma?
Democracia y Verdad. En la Era de la Pos verdad
En realidad, ''la lucha contra la mentira es un combate lleno de ambigüedades'', como ya lo sostuvo Rafael del Águila. ya que ocultar deliberadamente o falsear los hechos no es algo distintivo de nuestra época; si no que su uso es tan antiguo como las Arcana imperii, un concepto ya concebido desde Maquiavelo como incluso medios legítimos de ocultación de la ''verdad o la realidad'' con un fin político. Si existe un dominio en el que la defensa de una única verdad es más realmente delicada, ese es, precisamente, la política, pues ninguna solución o respuesta en este campo puede darse en el mundo sin dilemas, sin contradicciones, sin tener que atender no sólo a la pluralidad de los diferentes puntos de vista, sino también de sus intereses. Este pensamiento dilemático al que obliga el juicio político esta desapareciendo progresivamente en la era del Internet, porque el ''Yo puedo'', como dice Zygmunt Bauman, se convirtió en un ''Yo debo'' si no estás presente en algunas de las redes sociales, tu no existes. Aquí no caben dilemas como: ''Vivimos en una realidad de posibilidades, no de dilemas''. Y el ejemplo más paradigmático de todo esto, afirma el afamado sociólogo, quizás sea el del caso de WikiLeaks. Si la tecnología te ofrece la posibilidad de filtrar o de espiar, entonces hay que hacerlo, aunque no esté claro si esto posee un fin ético. Simplemente se efectúa porque tecnológicamente es ''factible''. Este vacío moral es el que ha ido colmando el uso de todas las redes sociales; desde los ataques despiadados perpetrados en las plataformas sociales y sus famosas shitstorms a ese arrebatador deseo por mostrar nuestras vidas privadas a otros (1).
Lo que ha venido tras la crítica posmoderna de la razón, fundamentada en muchos aspectos, y menos hostil de los que se supone al concepto de verdad (2), ha sido, como nos cuenta Fernando Vallespín, un puro enmarque, de la construcción de diferentes relatos que encajen con la visión de las cosas que los dirigentes políticos que estén de turno nos quieran imponer. La teoría de la comunicación y del poder que inauguraron autores como George Lakoff o el afamado Manuel Castells en Comunicación y poder empezaron a dar cuenta de la importancia que tiene la dimensión comunicativa satírica de la política: a partir de entonces se tomó conciencia de que los medios de comunicación no son en realidad el cuarto poder, sino que estos ''constituyen parte del espacio donde se crea el poder''.
Hay un momento, por tanto, en el que el debate sobre la verdad y la mentira desaparece para devenir en pura estrategia comunicativa. ''El libro La mentira os hará libres'', de Fernando Vallespín, apareció cuando tuvimos que soportar mentiras ominosas de muchos gobiernos, como las famosas armas de destrucción masiva que llevaron a Bush hijo, uno de los integrantes del famoso trío de las Azores, a declarar la guerra a Irak, sin embargo, finalmente se demostró que no existían tales armas. Vallespín dijo que habíamos llegado a padecer una lógica comunicativa que dispensaba a los políticos a la hora de mentir, pues la clave de su éxito residía en imponer en los espacios públicos un relato dentro de una guerra de representaciones alternativas de la verdad.
Tal idea habría que completarla hoy con esa otra afirmación de Rafael del Águila cuando sostenía que, si en algún tiempo la fe consistió en creer sin ver, en este momento ''la fe consiste en ver algo e igualmente decidir el no creerlo''. Esto es lo que demuestra, por ejemplo, Lee McIntyre en Post-Truth: a pesar de las evidencias científicas, un tercio de estadounidenses no cree que exista el cambio climático. No importa que los hechos sean incuestionables. Es tal vez ahí cuando arranca oficialmente la Era de la Pos verdad: sólo vemos lo que queremos que encaje con nuestros sentimientos. Matthew D’Ancona, en Post-Truth. The New War on Truth and How to Fight Back, describen la forma en la que la decadencia del valor de la verdad en la sociedad se va aceptando lentamente y acomodando, y en qué sentido el relativismo comienza a afirmarse poco a poco como un escepticismo legítimo (p. 2). El punto de inflexión para hablar de la pos verdad lo marcaría precisamente este elemento y no tanto las mentiras de los dirigentes de turno, que siempre han existido y seguirán existiendo siempre, como la respuesta de la ciudadanía ante la misma, esto es, una forma de ejercer el juicio político en la que se concede un mayor peso a las emociones que a la lógica, a nuestras creencias previas antes de que a los hechos. En dicho sentido, dice James Ball en su libro Post-Truth. How Bullshit Conquered the World que uno de los elementos centrales para impulsar la decadencia de la verdad como valor en el ámbito público sería la existencia de una infraestructura política y mediática la cual este dirigida solo para dicho fin. Por eso, este periodista del The Guardian, que reveló el espionaje masivo de la Agencia Nacional de Seguridad, nos habla de los Fake Media (pp. 127–145).
Todo esto está anticipado, en cierto modo, en la distopía de Orwell cuando en una conversación sobre las falsificaciones del régimen que mantienen sus dos protagonistas, Winston y Julia, el primero va descubriendo totalmente perplejo cómo ella acepta las mentiras del sistema lentamente: ''En cierto sentido, la visión del mundo que tenía el Partido se imponía con éxito a gente incapaz de entenderla. Se les podía convencer de que aceptaran las más flagrantes violaciones de la realidad, porque nunca llegaban a entender lo que se les estaba pidiendo, y no estaban lo bastante interesados en los acontecimientos públicos para reflexionar que estaba ocurriendo'' (3).
Tal y como nos cuenta Orwell, lo que va sucediendo en el nuevo régimen es que se instala progresivamente una autoridad que va implantando poco a poco su propia construcción de la ''verdad''. La pos verdad sería así una manera de deslegitimar a los viejos garantes de la verdad, más que una simple forma de ir introduciendo un aluvión de mentiras en el espacio público. Por eso Diana Popescu afirma con razón: ''Debemos reconocer el hecho de que cuando las autoridades cambian, el mundo también debe cambiar, y las diferencias no son hechos aislados que puedan fácilmente ser escardados''.
En el caso de las actuales elecciones norteamericanas donde biden es declarado tempranamente presidente de los estados unidos por los medios de comunicación deja entrever como incluso estas influencian en la tendencia de voto y como las redes sociales como Facebook y twitter generan confusión en la información, a diferencia medios de análisis critico que se mantenían neutrales mostrando datos que ponían a ambos candidatos en un escenario muy reñido y no se pronunciaban hasta que se dieran a conocer los verdaderos resultados hasta el último escrutinio pero debido a que se señalo que ocurrieron eventos que ponían en duda la legitimidad de dichas elecciones se cancelaron los resultados hasta investigar mas a fondo pero los medios aun mantenían y señalaban constantemente a biden como ganador de dichas elecciones esto deja entrever la politización de los medios generando no solo desconfianza si no malestar en la democracia, se ha transformado de repente en un abismo informacional sobre que es real y que no lo es (4). Estamos en ese lugar en el que, con Hannah Arendt, ''Lo que convence a las masas no son los hechos, ni siquiera los hechos que se inventan, es la consistencia del sistema del que son presumiblemente parte'' (5). Y en esa línea afirma Diana Popescu: ''Cuando cambian las autoridades, el mundo cambia''; el nervio que se toca va más allá y es mas profundo que un puñado de hechos falsos que comienzan a circular por el mundo. Si la ciudadanía deja de ''creer'' o de depositar su confianza en el emisor tradicional de las noticias que son los medios de comunicación es porque ya no le otorga esa autoridad ni la credibilidad que antes estos gozaban; entonces lo que sucede es que comenzamos a corroborar los hechos desde dentro de la tribu a la que pertenecemos y por medio de otros canales, dando paso a una suerte de ''epistemología tribal''; y si el líder de la misma señala que una noticia es un fake se vuelve una cadena tras cadena, simplemente lo aceptamos como verdad. Sucede, por tanto, que confiamos más en el líder de la tribu que en los medios tradicionales de opinión e información habiendo un enorme retroceso en el proceso.
Las fake news, dice el public speaker Andreas M. Antonopoulos y autor de Mastering Bitcoin. Programming the Open Blockchain, ocurrieron porque la base misma para producir la verdad fue removida de las instituciones que debian de producirlas. El excéntrico conferencista establece un paralelismo muy revelador que ayuda a entender la emergencia misma del bitcoin. Con las noticias, los ciudadanos que componemos la sociedad teníamos una heurística que nos ayudaba a discernir entre lo que es verdad o ficción; de igual manera, si los gobiernos democráticos nos decían que la economía tiene un valor determinado, no necesitábamos evaluar mas allá de cada billete que llegaba a nuestras manos. Simplemente confiábamos en lo que los gobiernos nos decían siempre: ''Confiamos en que el dinero vale lo que se dice… A no ser que seas griego, o venezolano, o de la Argentina''. Las monedas, en fin, tienen valor en la medida en que nosotros se lo demos, confiando en la autoridad de quien las emite. El bitcoin o otras monedas digitales, al no estar ''pensado para reemplazar a las divisas nacionales, sino para poner a las monedas fuera del propio sistema'', crea un sistema completamente alternativo y rompe el esquema antes vigente.
En realidad, lo que esta explicación realmente sugiere es que el fact checking, en el fondo, no sirve de mucho. El problema del pos verdad es más profundo: la verdad no se nos haría propicia gracias a un cuidadoso cotejo de datos y de realidad. ¿Estas seguro de que todo esta en orden? lo cual no deja de ser realmente aterrador.
Las fake news o el nuevo opio de la sociedad moderna.
Fake news es el término que hemos adoptado para hablar de la desinformación. Por tanto, fake news hace una referencia a un mecanismo de acceso a la realidad que se ha convertido en mayoritario y que es rehén de un negocio de grandes dimensiones por medio de lo digital. Las plataformas sociales en red, son en realidad verdaderos imperios modernos, han devenido a ser los nuevos ''intermediarios de la desintermediación'' o los nuevos canales por donde se maneja la verdad, como afirma Fernando Vallespín. Las redes sociales representan el coladero perfecto para la propaganda política gracias a cámaras de eco selladas por algoritmos. Se sabe que los algoritmos de Facebook están diseñados especialmente para captar toda la atención y procurar que pases el mayor tiempo posible dentro de la plataforma entreteniéndote: por eso muestran cosas que se sabe de antemano que te gustarán o que son susceptibles de virilizarse utilizándote a ti como un canal transmisión. Si esto es así, (¿cómo podemos esperar algún tipo de sinceridad cuando las compañías dicen tomar medidas que podrían dañar su propio negocio?), Esto es justo lo que se preguntan los creadores de los dominios públicos. Es normal: a pesar del enternecedor compromiso con la verdad que dice tener el empresario Mark Zuckerberg, él es consciente de que cuantos más clics se dan, más dinero a su bolsillo, algo que ha quedado perfectamente demostrado con el escándalo de Cambridge Analytica.
Ya autores como Ulrich Beck habían alertado sobre el creciente ''riesgo'' todo esto iba representando para la libertad el hecho que implicaba el acceso gratuito de estos gigantes tecnológicos o incluso de los propio Estados, a nuestros datos personales. Por eso, también los Cypherpunk’s Manifestaron en los años noventa: ''Cuando le pido a mi proveedor de correo electrónico la capacidad de recibir y enviar mensajes, mi proveedor no tiene por qué saber con quién hablo, qué digo o qué me dicen. Mi proveedor sólo tiene que saber dónde obtener el mensaje y cuánto le debo. Cuando se revela mi identidad debido al mecanismo de la transacción, no tengo privacidad. No puedo, por tanto, revelarme selectivamente; estoy obligado a revelarme siempre''.
''A pesar del enternecedor compromiso con la verdad de Mark Zuckerberg, él es consciente de que cuantos más clics se dan, es más dinero para su bolsillo’’
Hoy en día, en la práctica en totalidad de los gigantes tecnológicos no todos hacen esto. Tampoco las grandes plataformas tecnológicas como Facebook o Twitter, con capacidad para centralizar ese poder. Un gran porcentaje de la población está ahí y además sabemos, por ejemplo, que sólo en Estados Unidos, se estima que más del 62% de la población adulta consumen noticias que proceden de las redes sociales. Un estudio realizado por el Oxford Internet Institute, de la Universidad de Oxford, demuestra que un número creciente de ciudadanos utiliza Facebook y Twitter como fuente de información en los Estados Unidos, y que por esa vía comparte cada vez más una gran cantidad de noticias cada vez mas sensacionalistas, conspiranoicas, fake news y otras formas de noticias que son basura. Además, la distribución de las mismas en relación con el espectro ideológico es bastante desigual Por eso, este tipo de plataformas se han convertido en medios centrales para la circulación de propaganda en las campañas políticas de diversos países y un ejemplo es cuando después de las elecciones presidenciales de estados unidos en 2016, Twitter constató que más de cincuenta mil cuentas automáticas, estaban vinculadas a Rusia y Facebook reveló que determinados contenidos procedentes de la Agencia de Investigación de Internet de Rusia habían llegado a 126 millones de ciudadanos estadounidenses antes de la elección presidencial de 2016.
Pero, aunque yo esté citando este estudio de la Universidad de Oxford, probablemente usted no me va a creer; dirá que yo exagero, o que el papel tradicional que desempeñaban antes los científicos y expertos ya no es el que era ni lo volverá a ser. Al fin y al cabo, aquello de ''disparar al experto'' se ha convertido en otro de los sinos de la época actual; el puro desprecio con que se contempla a aquellos que articulan hoy en día sus discursos cargados de datos o de argumentación racional sólo despiertan indiferencia o rechazo, con lo que pasan a engrosar la lista de tradicionales intermediarios que, como los medios de comunicación o los partidos políticos, han sufrido una enorme pérdida de auctoritas o respecto de su antigua posición de dominio o poder. Y esta es otra de las claves para comprender, el porque ocurre hoy en día esto y cómo afecta a la calidad misma de las democracias en términos de libertad de expresión, de conversación pública, de polarización del espacio público o la colonización de las dimensiones liberales de nuestras democracias por la lógica de construcción política cada vez mas populista.
La Digitalización del espacio público y el peligro para la Democracia Moderna.
Todos estos factores cabe señalar, especialmente el de la libertad de expresión, se centra Cass R. Sunstein en su libro ''Republic'' para explicarnos de qué manera el Internet está provocando lentamente la fragmentación política de los espacios publicos, su polarización y la emergencia de posiciones que son cada vez más extremistas. Uno de los mejores ejemplos para abordar esta cuestión es la aparición de las llamadas ‘’Cyber-Cascadas’’ y su poder para ''organizar nuestra cultura e incluso nuestras vidas'' (pp. 98 y ss.). La idea es mostrar hasta qué punto la Internet es clave para la movilización y para ocasionar ''turbulencias políticas'' con resultados devastadores en las campañas.
Precisamente ''Political Turbulence'' es el título que recibe una sugerente obra realizada por Helen Margetts, Peter John, Scott Hale y Taha Yasseri, un conjunto de investigadores de Oxford Internet Institute que cuentan cómo informaciones o formas de participación política pueden acabar involucrando exponencialmente a los participantes. El factor explicativo reside en que estos tienen la opción de ver en tiempo real lo que hacen otros: los usuarios toman conciencia de ello y van multiplicándose las interacciones o cadenas de reacciones. Cuando estás dentro de la cascada, tú no tienes información directa sobre aquello que circula; simplemente te limitas a confiar en el alineamiento o las acciones que tienen los otros. El proceso es muy interesante porque al final nos encontramos con que miles de personas se pronuncian sobre algo con un mínimo esfuerzo (tiny acts), o participan en una acción común. Y, sin embargo, lo interesante es que la percepción de cada persona es que ha tomado una decisión individual independiente, a pesar de que el resultado es el de la generación de una manada. Este es el mecanismo que le permite a Cass R. Sunstein hablar del interesante fenómeno de las ‘’Cascadas Reputacionales’’. Aquí la gente sabe lo que está bien o mal, tiene un juicio particular, pero decide sumarse al enjambre para mantener la buena opinión que otros tienen de ellos: ''Incluso la gente más segura cede ante esta presión, silenciándose ellos mismos a lo largo de este proceso en el que se forma la cascada'' (p. 101). Estaríamos ante un ejemplo de la pos censura, como fenómeno del pos verdad, según la define Manuel Arias Maldonado, porque se produce ''la restricción no reglada de la libertad de expresión que (...) limita de facto la libertad de palabra y convierte las redes sociales en el imperio del exaltado'' esto empequeñecería a comparación a los peores temores de Orwell y Huxley sin lugar a duda.
La construcción de estas cascadas es posible gracias a la lógica que se da los llamados enjambres dentro del mundo digital, favorecidos por la aparición de los llamados Daily Me, donde cada cual establece sus páginas de consumo, sus menús de noticias y de opinión ''auto filtrados''. Desapareciendo así la posibilidad de encontrarte con información aleatoria, esto es, aquella que no hayas seleccionado previamente o que no esté dirigida por ningún algoritmo. Este es uno de los elementos centrales que desafían la arquitectura de la libertad de expresión en nuestros días, pues, tal y como señala Cass R. Sunstein, aquello implica algo más que la mera ausencia de censura. Para fortalecer su geografía es preciso que exista esa opción: la de un espacio público en el que los ciudadanos encuentren noticias que no han sido elegidas de antemano. De lo contrario, la esfera de lo común desaparece y, con ella, el espacio compartido que hace posible la conversación pública.
La ruptura de esa conversación pública está vinculada con la aparición de las famosas ''cámaras de eco'' o burbujas cognitivas; mediante ellas limitamos las relaciones a las personas alineadas solo con nuestras creencias, intereses, visiones del mundo o ideas políticas, incrementando marcadamente el tribalismo moral en ese ámbito público deliberativo. Al aislarnos en tribus digitales se produce un alejamiento completo respecto de la dimensión pública, como si dejáramos de encontrarnos, tal como nos sucede al pasear por la calle o por un parque, a diferentes personas en toda su variedad. Y aquí es inevitable pensar, con Jürgen Habermas (6), que lo que está provocando Internet es la fragmentación progresiva de los espacios públicos, su ''desorganización'' en la pluralidad de esferas públicas emergentes donde la segmentación rompe con el imaginario de lo público que teníamos hasta ahora. Se quiebra así el sentido de lo que nos es común, de aquello que nos une dentro de un horizonte de compresión históricamente delimitado. Al saltar fuera de esa zona común de comprensión es cuando pensamos, como advertía Richard Rorty, que llegaríamos a pensar que quizá no tenga sentido argumentar y discutir con quien no piensa como nosotros.
Cass Sunstein muestra en su libro evidencia empírica según la cual puede verse cómo la participación en nichos disjuntos acaba moviendo a los usuarios a posiciones cada vez más extremas respecto de su planteamiento inicial (pp. 68 y ss.). Y aquí debemos volver a la idea de cascadas reputacionales: el deseo de agradar, de verse representados favorablemente respecto a los demás o reconocidos por otros nos disuade de mostrar pensamos realmente, o de discernir, de pensar en otras razones, de manera que no sólo acabamos reforzando nuestros propios prejuicios, sino que terminamos por radicalizarnos. Los experimentos desarrollados en Facebook, sostiene este autor, confirman que la información que consumimos sirve para crear comunidades digitales, y estas se refuerzan recurriendo a frames emocionales. En dicho sentido, la eficacia de las noticias pasa a ser doble: no sólo afectan a nuestra forma de pensar: también lo hacen a nuestra manera de sentir, que es, en definitiva, la mejor argamasa para crear identidad de grupo. En esa línea, Oliver Nachtwey habla de las cámaras de eco como mecanismos que ''refuerzan el resentimiento'' (7) y terminan propiciando las denominadas ''democracias sentimentales''.
Conviene hacer un llamado de la atención sobre todo esto, pero sobre todo de la posibilidad de que esta perspectiva sea un tanto pesimista de mi parte y muestre tan solo un lado, ciertamente desalentador, del impacto de las nuevas tecnologías en la democracia. Es obvio que la digitalización del espacio público, en términos de calidad democrática constituye un fenómeno ambivalente. Lo más importante es que no perdamos de vista los cambios que están produciéndose a cada momento y sepamos valorarlos de forma adecuada. También que tengamos conciencia de en realidad somos analfabetos tecnológicos, que ''no creamos códigos'' y que, por tanto, el uso que hacemos de Internet es demasiado superficial para entender con la total complejidad todo lo que hay en el fondo. Esta constituye tal vez una de las principales brechas que existe en nuestro tiempo. Y que a lo mejor, para afrontarla, lo decisivo no sea tanto el fact checking, en otras palabras de recurrir y cuidar de una de las armas más viejas que nuestra especie ha tenido: su capacidad de reflexionar, esta es, su capacidad para indagar y pensar autónomamente sobre todos estos fenómenos y la mayor prueba de que aun somos libres.
Bibliografía citada
Hannah Arendt, Los orígenes del totalitarismo, trad. de Guillermo Solana, Madrid, Alianza, 2009.
Hannah Arendt, Verdad y mentira en política, trad. de Roberto Ramos, Barcelona, Página Indómita. 2016.
James Ball, Post-Truth. How Bullshit Conquered the World, Londres, Biteback Publishing, 2017.
Zygmunt Bauman, Ceguera moral. La pérdida de sensibilidad en la modernidad líquida, trad. de Antonio Francisco Rodríguez Esteban, Barcelona, Paidós, 2015.
Manuel Castells, Comunicación y poder, Madrid, Alianza, 2012.
Matthew D’Ancona, Post-Truth. The New War on Truth and How to Fight Back, Londres, Ebury Press, 2017.
Helen Margetts, Peter John, Scott Hale y Taha Yasseri, Political Turbulence. How Social Media Shape Collective Action, Princeton, Princeton University Press, 2015.
Lee McIntyre, Post Truth, Cambridge, The MIT Press, 2018.
Cass Sunstein, republic. Divided Democracy in the Age of Social Media, Princeton, Princeton University Press, 2017.
Fernando Vallespín, La mentira os hará libres. Realidad y ficción en la democracia, Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2012.
Máriam M. Bascuñán es profesora de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid. Es autora de Género, emancipación y diferencia(s). La teoría política de Iris Marion Young (Madrid, Plaza y Valdés, 2012) y, con Fernando Vallespín, Populismos (Madrid, Alianza, 2017).
1. Zygmunt Bauman, Ceguera moral. La pérdida de sensibilidad en la modernidad líquida, trad. de Antonio Francisco Rodríguez Esteban, Barcelona, Paidós, 2015p. 15.
2. Bernard Williams nos muestra, por ejemplo, de qué manera el propio Nietzsche, autor del dictum - no existen los hechos, sino sólo interpretaciones de los hechos -, cuando pretende desenmascarar un sistema de poder para describir un engaño, lo que en el fondo pone de manifiesto es el valor mismo de la verdad. Aquello que comparte la posmodernidad con la herencia ilustrada es que no existe un desprecio hacia la verdad; unos sostuvieron la existencia de un punto arquimédico, mientras que otros hicieron pedazos un mundo en el que todo se limita a la gama de interpretaciones y la construcción de lo real a través del lenguaje. Pero, aun así, el código verdad/mentira funcionaba para acceder al conocimiento del mundo, para entenderlo y formular un juicio a partir de él. Véase Bernard Williams, Verdad y veracidad trad. de Alberto Enrique Álvarez y Rocío Orsi, Barcelona, Tusquets, 2006, p. 24.
3. George Orwell, 1984, trad. de Miguel Temprano, Barcelona, Debolsillo, 2014, p. 168.
4. Hannah Arendt, Verdad y mentira en política, trad. de Roberto Ramos, Barcelona, Página Indómita, 2016, p. 86.
5. Hannah Arendt, Los orígenes del totalitarismo, trad. de Guillermo Solana, Madrid, Alianza, 2009, p. 497.
6. Jürgen Habermas, ¡Ay, Europa!, trad. de José Luis López de Lizaga, Pedro Madrigal y Francisco Javier Gil Martín, Madrid, Trotta, 2009.
7. Oliver Nachtwey, -Descivilización. Tendencias regresivas en las sociedades occidentales-, en VV.AA., El gran retroceso, trad. de Javier Calvo, Claudia Conde, Íñigo F. Lomana, María José Díez Pérez y Adolfo García Ortega, Barcelona, Seix Barral, 2017, pp. 240-266.


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